Nunca podría imaginar que correr me iba a producir tanta emoción.
Nunca podría imaginar que correr me haría sentir tanta libertad, que me daría
mucho tiempo para compartir con viejos y nuevos amigos y, sobre todo, conmigo
mismo... aunque visto con perspectiva y conociendo las experiencias de otros
corredores, cada vez me extraña menos.

Hace menos de cinco meses acabé mi primera
Maratón. Fue una experiencia imborrable que disfrutaré toda mi vida. Sin
embargo sucumbí ante el nuevo reto de encarar la prueba deportiva más dura a la
que nunca me he enfrentado.
Después del Maratón de Berlín, deportivamente las
cosas no podían ir mejor. Había completado un gran objetivo que merodeaba por mi
cabeza desde hacía muchos años y la motivación para seguir corriendo estaba en
cotas muy altas. La recuperación después de la prueba fue rápida y participé en
varias carreras del circuito popular hasta acabar el año: la Carrera de la
Ciencia (10 Km, 46'15''), la Carrera de las Empresas (10 Km, 46'19''), la V San
Silvestre Valmojadeña (7,77Km, 34'07'') y, cómo no, la San Silvestre Vallecana
(10 Km, 46'24'').
Después de tanta actividad llegaba el
momento de pensar qué hacer para comenzar el nuevo año. Al principio, lo que
parecía más conveniente era descansar para recuperar poco a poco. Pero, después
de alguna duda, me acechaba un nuevo reto: el segundo asalto al Maratón... Los
resultados de las carreras eran tan buenos que me hacían pensar en lograr el
objetivo de bajar de las 4 horas. Animado por mis amigos de Sevilla, Manuel
Correa y Antonio Barea, pero sobre todo por la insistencia de mi buen amigo
Fernando Gómez, finalmente me inscribí en el Maratón de Sevilla. El 19 de
febrero aun parecía muy lejano y Fernando me arrastró a uno de los primeros entrenamientos
con los comenzamos el año: 32 Km que nos propusimos hacer a un ritmo de 5'25''
y que terminamos haciendo a 5'18''. Era la constatación de que el entrenamiento
para Berlín aun mantenía sus efectos. A pesar de todo, las incertidumbres sobre
el resultado del Maratón de Sevilla, eran palpables. En varios entrenamientos
con mi colega de rodajes José Manuel Martín, hablamos de la dificultad de
afrontar una prueba tan exigente como el Maratón tras el reciente esfuerzo
realizado en Berlín. Hablamos mucho sobre la dureza psicológica de la prueba y
sobre las posibles consecuencias de fracasar en la consecución de un objetivo.
La experiencia de José Manuel, con 17 maratones a sus espaldas y muchas más
carreras, me hacía reflexionar. Él no quería desanimarme, al contrario, quería
que valorara en su justa medida todos los posibles escenarios que se pudieran presentar:
desde el éxito en el intento, hasta el fracaso del abandono, y cómo afrontar
esta posible situación acto seguido. Rápidamente pasaron los primeros días de
enero, en los que sólo pude completar algún entrenamiento de 15 ó 20 Km. Otras
ocupaciones me alejaron de poder entrenar durante los fines de semana e
iniciado el mes de febrero, entre la actividad laboral y un proceso viral a dos
semanas vista de la gran cita, descargaron de mí cualquier posible presión. No
había ningún problema. Tenía un objetivo pero sin la necesidad de completarlo
de manera inmediata. En mi cabeza se había instalado la idea del "hay
tiempo para lograrlo, no es necesario que sea ahora". La última semana de
la preparación no había tiempo para más; el lunes sesión de fisio y martes y
jueves rodaje corto de 8 Km intentando mantener un ritmo de 5'25'' que
pretendía grabar en mi memoria para poder reproducir el día de la carrera. La
suerte estaba echada.
Llegó el sábado y todo estaba
perfectamente organizado. El día que hicimos 32 Km mi amigo Fernando y yo,
reservamos los billetes de AVE y alojamiento en Sevilla. Lourdes, a pesar de su
negativa inicial por acompañarnos, finalmente no tuvo posibilidad de rechazar una
oferta inmejorable y de paso poder visitar a sus amigos en la ciudad
hispalense. Así el sábado por la mañana, puntuales a las 9.30 horas nos
encontramos Fernando, Lourdes y yo en la estación de Atocha camino de nuestra
aventura.
El viaje fue muy cómodo, 2h30' de
charla tranquila, comentando cómo sería el fin de semana y haciendo
valoraciones sobre cómo nos trataría el tiempo durante la carrera. La semana
precedente hizo mucho frío en Madrid y mis informaciones también corroboraron
el frío en Sevilla, pero nada más llegar a Santa Justa, ya sobraban todas las
prendas de abrigo. Allí el primer encuentro con Edurne, la amiga de Lourdes,
que vino a recibirnos y que ya no volvería a separarse de ella prácticamente en
todo el fin de semana. Habitualmente no tienen mucho tiempo que disfrutar
juntas y tenían que aprovechar cada instante. Tras encontrarnos con Edurne se
unen a la bienvenida Mario, el marido de Edurne, y un chicarrón muy guapo
llamado Aitor, al que Lourdes agradeció su presencia con unas zapatillas, del
número 21, que le servirán para iniciarse en el mundo de las carreras
populares.
Mario, presto y veloz, nos acompaña a
Fernando y a mí al hotel para que dejemos las maletas, mientras Lourdes y
Edurne acompañan a Aitor a comer su papilla... por lo que me contó Lourdes,
Aitor es un tipo muy feliz cuando come. Mario se negó rotundamente a que
Fernando y yo tomáramos un taxi para dirigirnos a la Isla de la Cartuja a recoger
nuestros dorsales, y fuimos incapaces de persuadirle en su empeño, así es que,
tras dejar las maletas, allí nos desplazamos los tres para que, posteriormente,
Mario se volviera a encontrar con Edurne, Lourdes y Aitor... durante el resto
del día no tuve más noticias de Lourdes... sus anfitriones no la dejaron ni a sol ni a sombra...
Mientras tanto, Fernando y yo, comenzábamos a disfrutar del ambiente del
deporte. Yo, empezaba a percibir la buena organización que finalmente se constató
a lo largo del fin de semana. Recogimos los dorsales, nuestra equipación
oficial, y personal de emergencias, presente en la feria del corredor, nos dió
formación sobre cómo realizar una RCP, es decir, una Reanimación
Cardio-Pulmonar... Yo lo había visto muchas veces en televisión, pero nunca
nadie antes me había explicado cómo se debe llevar a cabo esa maniobra que en
un momento determinado puede salvar una vida. Contentos por la experiencia y
satisfechos por lo aprendido, nos decidimos ir al siguiente punto de encuentro
con los maratonianos: la comida de hidratos...
Salimos del Estadio olímpico y nos
dirigimos hacia un pabellón de la Isla Mágica. Allí nos aguardaba una larga
espera para acceder al recinto, lleno de corredores y sus familias. El sol había
comenzado a realizar su presión calórica... Tras aguantar pacientemente la
espera, llegábamos ya a nuestro objetivo, una comida de menú en bandeja, pero
antes de enfilar la última recta vimos el contenido del plato de pasta....
Fernando y yo nos miramos y ambos coincidimos, era un plato escaso para
nuestras futuras necesidades energéticas. Uno de los comensales que nos precedía
pareció pensar lo mismo y tras esperar a
que el voluntario limpiara la encimera, reclamó un añadido a su ración, con
regular cara, quien servía, accedió a completar el plato, pero al ser de plástico,
el peso del exceso de porción hizo que se venciera y cayera su contenido por la
encimera, poniéndola perdida de nuevo. La cara de ambos era un poema, el
comensal completamente ruborizado y el servidor encendido porque tenía que
limpiar de nuevo... Llegó nuestro turno, era el momento de enfrentarnos a la
primera dificultad de la carrera, el contenido de los platos había disminuido
sustancialmente desde el desafortunado incidente, así pues no teníamos otra
alternativa que pedir que completaran un poco el plato, a mí me pusieron tres
macarrones más y a Fernando uno y medio... Resignados abandonamos el recinto
cubierto para reírnos de la anécdota en las mesas que había en el exterior. A
pesar de todo, la comida estaba buena, en líneas generales el comportamiento de
los voluntarios fue más que digno de aplauso (salvo el del protagonista de la
consabida anécdota), y el buen tiempo, el fenomenal ambiente festivo y
deportivo y la agradable compañía hizo de la comida un momento muy entrañable,
tal y como se deduce de los documentos gráficos.
Finalizada la
comida decidimos coger un taxi y regresar al hotel para descansar durante toda la
tarde. A media tarde Fernando recibió la visita de Bernabé, un deportista nato
a quien conoció el año pasado en la recogida del dorsal también en Sevilla y
con quien desde entonces mantiene el contacto. A Bernabé le encanta el deporte,
charlamos durante un buen rato y nos habló de sus proyectos de futuro; si
tuviera dinero haría el Maratón des Sables, nos comenta, mientras nos busca un
video en youtube que cuenta como es esa prueba y que demuestra que aun hay
gente mucho más loca que nosotros...
Se va
haciendo tarde y Lourdes vuelve de su visita por Sevilla. Me cuenta que lo ha pasado
genial con sus amigos. Cenamos una ensaladita con pollo en el hall del hotel y
alrededor de las 22.20, subimos a la habitación. Preparo toda la equipación
para el siguiente día y caigo rendido a consecuencia del viaje y la actividad
del intenso día.
Al poco rato
suena el despertador, eran las 7.00, ducha de rigor y enseguida bajamos al hall del hotel para
desayunar. El día anterior preguntamos por el desayuno en el hotel y nos comentaron
que lo abrirían a partir de las 8.00, les comentamos que no podíamos desayunar
tan tarde y conseguimos que nos esperaran, haciendo una excepción, a las 7.30. Así
pues, puntuales con nuestra cita nos encontramos Fernando, Lourdes y yo. La
gran sorpresa nos la llegó cuando solamente nos pusieron desayuno a Fernando y
a mí, a pesar de que Lourdes también nos acompañaba. Reclamamos un café y nos contestaron
que no era posible puesto que el buffet aun estaba cerrado. Un café no era
tanto, así es que estupefactos Fernando y yo, y Lourdes con cara de pocos amigos
por no haber podido disfrutar de un simple café, subimos a las habitaciones para
ultimar los detalles.
Puntuales, a
las 8.00, llegaron Manuel Correa y Antonio Barea con otros amigos del club
Gilete, con los que, entre risas y bromas, especialmente con el no café de
Lourdes, nos dirigimos al Estadio, lugar de salida de la carrera.
Una
vez allí accedimos al interior del Estadio, y de nuevo llegó un nuevo gesto de
discriminación para Lourdes: los corredores a los bajos del Estadio y los no
corredores a la grada, por lo que nos despedimos en ese momento y ese mismo
punto. Una vez dentro vamos al ropero para dejar la ropa de abrigo, y
comenzaron a volar los minutos... Mientras disfrutábamos del ambiente en vísperas
de la carrera, entre bromas, comentarios y sobre todo los nervios previos al
inicio, sin apenas darnos cuenta nos encontrábamos en la pista de atletismo del
Estadio Olímpico de Sevilla, y una llamada de Lourdes desde la grada nos dio la
oportunidad de vernos una última vez antes de comenzar.... Apenas faltaban ya dos
minutos para las 9.30, hora oficial para el inicio de la prueba.
Con
puntualidad inglesa en Sevilla dieron la salida a la 28 Maratón de la Ciudad de
Sevilla, programamos nuestros relojes y comenzó nuestra particular aventura. La
estrategia era clara, no había presión por acabar la prueba, pero la premisa
era intentar hacer los primeros 32 Km entre 5'20'' y 5'30'', para después bajar
el ritmo, si las fuerzas no nos respetaban y fuera necesario, pasando a 5'35''
o 5'40'' y acabar apretando los dientes en los últimos kilómetros. Ese era el
plan, ya antes en dos entrenamientos habíamos cubierto la distancia de 32 Km,
con un perfil de carrera mucho más exigente, a ritmo de 5'19'', por lo que no
era ninguna locura, y la experiencia previa de Fernando —dos maratones— y la
mía de Berlín, nos hacía conocedores de lo que nos esperaría al final. Pasamos
por la línea de salida y sonaba la puesta en marcha de todos los relojes. Tras
recorrer los primeros 100 m, a la salida del Estadio, justo en el pasadizo, se
sentía el jolgorio y la alegría de todos los corredores donde, aprovechando el
eco del pasillo, descargaban adrenalina a voz en grito... Una vez fuera había
que encontrar la concentración, había que buscar el buen ambiente para las
próximas cuatro horas, pero sobre todo, lo más importante, había que encontrar
el ritmo adecuado. Transcurrido el primer kilómetro un terror escalofriante
recorrió mi cuerpo al comprobar que el reloj marcaba 6'09'', casi un minuto por
encima de lo previsto, pero había que mantener la calma, informé a Fernando del
tiempo, pero restándole importancia, comenté: "Venga que el primer
kilómetro no cuenta, que hemos parado mucho a la salida del túnel del Estadio"...
pero en mis pensamientos rondaba la idea de que podría costar encontrar el
ritmo que pretendíamos para los primeros 32 km. Iniciado el segundo kilómetro,
donde yo ya estaba advertido de la monotonía del recorrido por la Isla de la
Cartuja, ya adecentamos la marca con un 5'22'', lo que me tranquilizó al
comprobar que ya estábamos rodando según lo previsto; encaramos el tercer
kilómetro y clavamos un 5'16'', ya la cosa pintaba bien, porque estábamos en el
ritmo de crucero, siempre vigilando con prudencia para no apretar más de lo debido
de manera que posteriormente no hubiera que pagar los sobreesfuerzos de los
inicios de la carrera, y poco a poco fuimos sumando kilómetros con una
precisión pasmosa que me hacía sentir bien, con el ritmo de carrera controlado,
y que me ayudaba a reafirmar en mi consciencia que ese podría ser el día de la
gran carrera, el día en que lograra cumplir con el objetivo.
Todos los que
corren saben que no todos los días son iguales. Uno, después de muchos días de
entrenamiento, se levanta una mañana con un gran objetivo para cumplir y sin la
presión de la carrera, nota como sus sensaciones no son buenas, como es difícil
mantener el ritmo al paso de los kilómetros, con un sentir de pesadez añadido
como si los músculos no fueran capaces de soportar al cuerpo; siente como el
cerebro no es capaz de enviar las órdenes oportunas en el tiempo debido y, poco
a poco, lo único que es capaz de asimilar es que el entrenamiento de ese día es
nefasto. Uno llega a casa, después de haber realizado un gran esfuerzo, con la
única sensación de haber perdido un día. Con el paso del tiempo, cuando sufro
uno de esos días, he preferido asimilarlo de otra manera: lo considero un día
perdido, pero a la vez lo considero un día ganado, pienso que habiendo pasado
por ese calvario en ese momento, claramente el próximo entrenamiento será
infinitamente más productivo.... Lo peor de todo es cuando esa sensación se
presenta un día de carrera... ahí no hay vuelta atrás y no queda otra opción
que pasarlo de la mejor de las maneras. Así pues, uno ya sabe que no todos los
días son iguales, y lo único que resta esperar es que el día del reto no toque
uno de esos días desastrosos y nefastos que uno ya sólo desea para los días de
entrenamiento. Afortunadamente esos días se reconocen pronto, normalmente a
partir del tercer o cuarto kilómetro ya se manifiestan, y estaba claro que en
Sevilla ese tipo de día no se había presentado.
En el cuarto
kilómetro, con la tranquilidad que comenzaba a asentarse en mi mente por estar
cubriendo los objetivos del paso por kilómetro a los ritmos previstos y sentir
que además el cuerpo respondía, era el momento de comenzar a disfrutar del
entorno... varios comentarios de los corredores de los alrededores amenizaban
los primeros compases de la prueba: "Oye no corras, que no hay prisa, yo
llevo más de 6 horas de música en el ipod", decía uno, "¿De qué es la
música? ¿de los cantajuegos o de esa de relajación para quedarse dormido?"
le respondía el otro en tono de guasa,... cada chascarrillo tenía su oportuno
comentario.
Recorriendo
el quinto kilómetro pasamos junto a la Bola Climática de la Expo 92. La verdad
es que me llamó muchísimo la atención. Nunca antes la había visto al natural y
tuve la misma sensación que uno tiene cuando se enfrenta a algún edificio o
monumento que, cansado de verlo en libros, fotografías o televisión, pasa a
hacerlo de manera presencial. Es esa sensación en la que uno se dice a sí
mismo: "Ya estoy aquí, frente a ti".
Los
kilómetros van cayendo poco a poco, ya estamos casi de nuevo en las
proximidades del Estadio y en ese momento le digo a Fernando: "Lourdes
tiene que estar por aquí cerca. Seguro que ha salido del Estadio y está viendo
pasar a todos los corredores". No me equivocaba, 200 ó 300 metros más
adelante, la encontramos dando ánimos... Era la segunda vez que me acompañaba
al Maratón y la experiencia de Berlín le hacía buena conocedora de sus
"obligaciones" con los participantes. La verdad es que el transporte
de la ciudad de Sevilla no favorecía que Lourdes se pudiera desplazar a ningún
otro sitio más para volvernos a encontrar; los dos lo sabíamos, así es que
sería la última vez que nos veríamos antes de finalizar la carrera.
La mañana no
había sido para nada fría, muy al contrario, se presumía que el calor apretaría
cubierto el primer tercio de la prueba, sin embargo, a pesar de ello, las
diferencias de temperatura de las calles con sombra a las calles soleadas era
muy notable. Pasado el kilómetro 10
cruzamos por primera vez el Guadalquivir en dirección al centro de la ciudad. Alrededor
del kilómetro 15 uno de los espectadores que animaban desde los costados del
recorrido comenzó a correr y a gritar: "¡Fernando, Alex!"... ¡qué
curioso, entre tanta gente se fijaron en nosotros dos! Se trataba de Mario, el
marido de Edurne, que nos animó durante unos instantes y nos mantuvo con una sonrisa
en la cara durante un montón de kilómetros, porque en ese momento de
improvisación y espontaneidad se palpó la emoción mutua de encontrarnos entre
tanta gente. ¡Gracias Mario!
Ya habían
pasado tres controles de avituallamiento y yo huía de ellos por el temor de que
se empaparan mis zapatillas con el agua, y sobre todo buscando hacer algo
diferente a lo que hice en Berlín. En ninguno de los entrenamientos de 32 km
había probado el agua y tan sólo los cubrí con un gel líquido para reponer
energía que tomaba alrededor del kilómetro 17. Mi plan para la carrera, sin ser
tan severo en relación al agua, pasaba por no abusar de los líquidos en los
avituallamientos. Llegados al kilómetro 17 mis sensaciones eran tan buenas que
decidí retrasar un tanto la ingesta del gel, aguantando hasta el kilómetro 19,
casi al final de la Avda. de Kansas City, donde ya decidí tomarlo,
especialmente por la proximidad del siguiente punto de avituallamiento que me
daría posibilidad de tomar agua si es que no lograba asimilarlo bien. Era tan
sólo una precaución, puesto que ya había probado antes esos geles y en las
últimas ocasiones no me producían ninguna necesidad de tomar agua; tan sólo
había que tomarlo despacio acompasándolo con la respiración y dejar que posteriormente
hiciera su trabajo para reponer energía. Sin darnos cuenta, llegamos al punto
intermedio de la carrera en 1h53' con unos pasos intermedios por kilómetros que
oscilaban alrededor del 5'19'', tres segundos arriba, tres segundos abajo. El
plan se estaba cumpliendo con precisión.
Los
siguientes hitos consistían en visitar los Estadios de fútbol de la ciudad
hispalense: primero el campo del Sevilla, el Sánchez Pizjuan, luego el campo
del Betis, el Benito Villamarín, donde cuando ya nos aproximábamos comenzamos a
recordar a José Ángel de la Casa y su famoso gallo con el gol de Señor..., el
12 a 1 de España a Malta. Estábamos en el kilómetro 29.
La carrera
seguía avanzando y llegamos al kilómetro 30 cumpliendo con lo previsto para el
ritmo de carrera, pero en ese kilómetro algo empieza a cambiar, Fernando
comienza a tener alguna sensación rara que le hace preguntarme acerca del ritmo
que estamos llevando, le parece que vamos muy rápido a pesar de que seguimos
marcando el mismo ritmo. Al principio pienso que no sucede nada extraño, una
simple circunstancia pasajera y así parece ser porque hasta el kilómetro 32
seguimos de igual manera. Ya habíamos logrado pasar el primer objetivo, pero
durante ese kilómetro Fernando se empieza a desenganchar, al principio me
resigno a mantener el ritmo, necesito llevarme a Fernando hacia adelante porque
él me estaba ayudando a hacer la carrera cómoda; pero tras un par de intentos
Fernando ya me informa de que no está bien, que no tiene buenas sensaciones, y
que tire hacia adelante para lograr bajar de las 4 h. En ese momento no sé muy
bien qué hacer, en una primera instancia le propongo bajar un poco la velocidad,
ya que habíamos acumulado margen suficiente, pero Fernando sigue sin responder
y el ritmo era insuficiente, por lo que él vuelve a insistir y siento que mi empuje para
seguir con Fernando comienza a ser incómodo para ambos y que no ayuda a ninguno
de los dos: decido intentar recuperar y ponerme de nuevo a 5'20'', pero está
claro que el esfuerzo comenzaba a pasar factura y sólo soy capaz de ponerme a
5'30'' altos durante tres kilómetros más.
Llego al
kilómetro 36 y pienso en lo cómodo que hice los dos últimos entrenamientos de 8
km a 5'25'', pero claro, 8 km al volver del trabajo no son 8 kilómetros después
de correr 36, y aunque lo importante era mantener a la cabeza pensando en
positivo, los músculos notan ciertas diferencias. Mientras pensaba en el
colchón del tiempo acumulado durante los primeros 32 kilómetros, mis cuádriceps
volvían a amenazar, tal y como hicieron en Berlín, aunque afortunadamente, todo
quedó en eso, una simple amenaza de contractura permanente.
Los
kilómetros hasta el final comienzan a transcurrir muy despacio; sufría esa
sensación tan desmoralizante de "corro pero no avanzo", aunque la realidad
es que ya no avanzaba rápido. Hasta el kilómetro 40 estuve corriendo en torno a
5'50'', pero ya quedaban poco más de dos kilómetros y las cuentas cuadraban
fácil, siempre y cuando no se sucediera ninguna catástrofe que habría que
evitar de cualquiera de las maneras. A falta de un kilómetro ya se veía el Estadio
Olímpico, pero aun quedaba bordearlo,
por una calle que en un momento determinado se alejaba de la entrada, para
luego girar y volver en su ansiada búsqueda. Finalmente llegué al pasadizo del Estadio,
aquel donde al principio de la carrera todos los corredores demostraban su
alegría y jolgorio descargando adrenalina a voz en grito... pero ya no había
fuerzas para mucho más salvo el único deseo de llegar al kilómetro 42,
localizado apenas unos metros más adelante, con el objetivo de poder recorrer
los últimos 195 m de manera victoriosa disfrutando del reloj de meta, que ya no
corría más rápido que yo hacia las cuatro horas. Finalmente llegué a meta.
Cuando acabó la
carrera volvimos al hotel para disfrutar de una merecida ducha. Posteriormente,
Fernando y yo, nos reunimos con Mario, Edurne, Aitor y Lourdes cerca de la
estación de Santa Justa. Se aproximaba la hora de volver a casa, merendamos en
la estación, charlamos sobre deporte y amistad; llegaba el momento de la
despedida. Terminaba un intenso y especial fin de semana que recordaremos mucho
tiempo:
Gracias a
Mario, Edurne y Aitor por ser perfectos anfitriones, por cuidar de Lourdes y
estar pendiente de ella, que a la vez lo estaba de Fernando y de mí.
Gracias a
Manolo Correa por atender a los deportistas foráneos en el previo, por empujar
para que participáramos de la aventura; a Antonio Barea por cuidar durante mucho tiempo de mis
entrenamientos, por dar sabios y útiles consejos; y a los amigos del club
Gilete por tratarnos con cariño y buen humor en los siempre difíciles momentos
previos a la carrera donde los nervios y la tensión le rodean a uno.
Gracias a
Fernando Gómez, por correr para que no le olviden, y porque dio una lección de campeón.
Venció una vez más al Maratón y demostró fuerza y honestidad para alcanzar el
objetivo, para llegar a la meta.
Epílogo
Al final 3
horas, 54 minutos y 7 segundos según mi reloj, 6 segundos según el cronometraje
oficial, me bastaron para cubrir por segunda vez una Maratón. Había logrado el
objetivo de bajar las cuatro horas. Era un objetivo deseado pero no ansiado;
sabía que el esfuerzo de Berlín podría pasar factura en cualquier momento,
pero, después de analizar y reflexionar pausadamente sobre la carrera, descubrí
que Berlín, en lugar de pasar factura, se había convertido en una gran
experiencia. Una experiencia que me hizo conocer las sensaciones que se podrían
suceder a lo largo de la carrera, el bienestar durante los primeros 10
kilómetros, la euforia por en el paso por la media Maratón sin acusar el
cansancio, el inicio de los problemas musculares a partir del kilómetro 28 y,
posteriormente el mazazo psicológico por no poder cubrir los objetivos.... A
fin de cuentas, Berlín se había convertido en una herramienta para lograr un
objetivo a través de la experiencia.
























