sábado, 3 de marzo de 2012

Sevilla 2012, lograr un objetivo a través de la experiencia


Nunca podría imaginar que correr me iba a producir tanta emoción. Nunca podría imaginar que correr me haría sentir tanta libertad, que me daría mucho tiempo para compartir con viejos y nuevos amigos y, sobre todo, conmigo mismo... aunque visto con perspectiva y conociendo las experiencias de otros corredores, cada vez me extraña menos.

                Hace menos de cinco meses acabé mi primera Maratón. Fue una experiencia imborrable que disfrutaré toda mi vida. Sin embargo sucumbí ante el nuevo reto de encarar la prueba deportiva más dura a la que nunca me he enfrentado.
                Después  del Maratón de Berlín, deportivamente las cosas no podían ir mejor. Había completado un gran objetivo que merodeaba por mi cabeza desde hacía muchos años y la motivación para seguir corriendo estaba en cotas muy altas. La recuperación después de la prueba fue rápida y participé en varias carreras del circuito popular hasta acabar el año: la Carrera de la Ciencia (10 Km, 46'15''), la Carrera de las Empresas (10 Km, 46'19''), la V San Silvestre Valmojadeña (7,77Km, 34'07'') y, cómo no, la San Silvestre Vallecana (10 Km, 46'24'').
                Después de tanta actividad llegaba el momento de pensar qué hacer para comenzar el nuevo año. Al principio, lo que parecía más conveniente era descansar para recuperar poco a poco. Pero, después de alguna duda, me acechaba un nuevo reto: el segundo asalto al Maratón... Los resultados de las carreras eran tan buenos que me hacían pensar en lograr el objetivo de bajar de las 4 horas. Animado por mis amigos de Sevilla, Manuel Correa y Antonio Barea, pero sobre todo por la insistencia de mi buen amigo Fernando Gómez, finalmente me inscribí en el Maratón de Sevilla. El 19 de febrero aun parecía muy lejano y Fernando me arrastró a uno de los primeros entrenamientos con los comenzamos el año: 32 Km que nos propusimos hacer a un ritmo de 5'25'' y que terminamos haciendo a 5'18''. Era la constatación de que el entrenamiento para Berlín aun mantenía sus efectos. A pesar de todo, las incertidumbres sobre el resultado del Maratón de Sevilla, eran palpables. En varios entrenamientos con mi colega de rodajes José Manuel Martín, hablamos de la dificultad de afrontar una prueba tan exigente como el Maratón tras el reciente esfuerzo realizado en Berlín. Hablamos mucho sobre la dureza psicológica de la prueba y sobre las posibles consecuencias de fracasar en la consecución de un objetivo. La experiencia de José Manuel, con 17 maratones a sus espaldas y muchas más carreras, me hacía reflexionar. Él no quería desanimarme, al contrario, quería que valorara en su justa medida todos los posibles escenarios que se pudieran presentar: desde el éxito en el intento, hasta el fracaso del abandono, y cómo afrontar esta posible situación acto seguido. Rápidamente pasaron los primeros días de enero, en los que sólo pude completar algún entrenamiento de 15 ó 20 Km. Otras ocupaciones me alejaron de poder entrenar durante los fines de semana e iniciado el mes de febrero, entre la actividad laboral y un proceso viral a dos semanas vista de la gran cita, descargaron de mí cualquier posible presión. No había ningún problema. Tenía un objetivo pero sin la necesidad de completarlo de manera inmediata. En mi cabeza se había instalado la idea del "hay tiempo para lograrlo, no es necesario que sea ahora". La última semana de la preparación no había tiempo para más; el lunes sesión de fisio y martes y jueves rodaje corto de 8 Km intentando mantener un ritmo de 5'25'' que pretendía grabar en mi memoria para poder reproducir el día de la carrera. La suerte estaba echada.
                Llegó el sábado y todo estaba perfectamente organizado. El día que hicimos 32 Km mi amigo Fernando y yo, reservamos los billetes de AVE y alojamiento en Sevilla. Lourdes, a pesar de su negativa inicial por acompañarnos, finalmente no tuvo posibilidad de rechazar una oferta inmejorable y de paso poder visitar a sus amigos en la ciudad hispalense. Así el sábado por la mañana, puntuales a las 9.30 horas nos encontramos Fernando, Lourdes y yo en la estación de Atocha camino de nuestra aventura.
                El viaje fue muy cómodo, 2h30' de charla tranquila, comentando cómo sería el fin de semana y haciendo valoraciones sobre cómo nos trataría el tiempo durante la carrera. La semana precedente hizo mucho frío en Madrid y mis informaciones también corroboraron el frío en Sevilla, pero nada más llegar a Santa Justa, ya sobraban todas las prendas de abrigo. Allí el primer encuentro con Edurne, la amiga de Lourdes, que vino a recibirnos y que ya no volvería a separarse de ella prácticamente en todo el fin de semana. Habitualmente no tienen mucho tiempo que disfrutar juntas y tenían que aprovechar cada instante. Tras encontrarnos con Edurne se unen a la bienvenida Mario, el marido de Edurne, y un chicarrón muy guapo llamado Aitor, al que Lourdes agradeció su presencia con unas zapatillas, del número 21, que le servirán para iniciarse en el mundo de las carreras populares.
                Mario, presto y veloz, nos acompaña a Fernando y a mí al hotel para que dejemos las maletas, mientras Lourdes y Edurne acompañan a Aitor a comer su papilla... por lo que me contó Lourdes, Aitor es un tipo muy feliz cuando come. Mario se negó rotundamente a que Fernando y yo tomáramos un taxi para dirigirnos a la Isla de la Cartuja a recoger nuestros dorsales, y fuimos incapaces de persuadirle en su empeño, así es que, tras dejar las maletas, allí nos desplazamos los tres para que, posteriormente, Mario se volviera a encontrar con Edurne, Lourdes y Aitor... durante el resto del día no tuve más noticias de Lourdes... sus anfitriones  no la dejaron ni a sol ni a sombra... Mientras tanto, Fernando y yo, comenzábamos a disfrutar del ambiente del deporte. Yo, empezaba a percibir la buena organización que finalmente se constató a lo largo del fin de semana. Recogimos los dorsales, nuestra equipación oficial, y personal de emergencias, presente en la feria del corredor, nos dió formación sobre cómo realizar una RCP, es decir, una Reanimación Cardio-Pulmonar... Yo lo había visto muchas veces en televisión, pero nunca nadie antes me había explicado cómo se debe llevar a cabo esa maniobra que en un momento determinado puede salvar una vida. Contentos por la experiencia y satisfechos por lo aprendido, nos decidimos ir al siguiente punto de encuentro con los maratonianos: la comida de hidratos...
                Salimos del Estadio olímpico y nos dirigimos hacia un pabellón de la Isla Mágica. Allí nos aguardaba una larga espera para acceder al recinto, lleno de corredores y sus familias. El sol había comenzado a realizar su presión calórica... Tras aguantar pacientemente la espera, llegábamos ya a nuestro objetivo, una comida de menú en bandeja, pero antes de enfilar la última recta vimos el contenido del plato de pasta.... Fernando y yo nos miramos y ambos coincidimos, era un plato escaso para nuestras futuras necesidades energéticas. Uno de los comensales que nos precedía pareció pensar lo mismo  y tras esperar a que el voluntario limpiara la encimera, reclamó un añadido a su ración, con regular cara, quien servía, accedió a completar el plato, pero al ser de plástico, el peso del exceso de porción hizo que se venciera y cayera su contenido por la encimera, poniéndola perdida de nuevo. La cara de ambos era un poema, el comensal completamente ruborizado y el servidor encendido porque tenía que limpiar de nuevo... Llegó nuestro turno, era el momento de enfrentarnos a la primera dificultad de la carrera, el contenido de los platos había disminuido sustancialmente desde el desafortunado incidente, así pues no teníamos otra alternativa que pedir que completaran un poco el plato, a mí me pusieron tres macarrones más y a Fernando uno y medio... Resignados abandonamos el recinto cubierto para reírnos de la anécdota en las mesas que había en el exterior. A pesar de todo, la comida estaba buena, en líneas generales el comportamiento de los voluntarios fue más que digno de aplauso (salvo el del protagonista de la consabida anécdota), y el buen tiempo, el fenomenal ambiente festivo y deportivo y la agradable compañía hizo de la comida un momento muy entrañable, tal y como se deduce de los documentos gráficos.


   Finalizada la comida decidimos coger un taxi y regresar al hotel para descansar durante toda la tarde. A media tarde Fernando recibió la visita de Bernabé, un deportista nato a quien conoció el año pasado en la recogida del dorsal también en Sevilla y con quien desde entonces mantiene el contacto. A Bernabé le encanta el deporte, charlamos durante un buen rato y nos habló de sus proyectos de futuro; si tuviera dinero haría el Maratón des Sables, nos comenta, mientras nos busca un video en youtube que cuenta como es esa prueba y que demuestra que aun hay gente mucho más loca que nosotros...
                Se va haciendo tarde y Lourdes vuelve de su visita por Sevilla. Me cuenta que lo ha pasado genial con sus amigos. Cenamos una ensaladita con pollo en el hall del hotel y alrededor de las 22.20, subimos a la habitación. Preparo toda la equipación para el siguiente día y caigo rendido a consecuencia del viaje y la actividad del intenso día.
                Al poco rato suena el despertador, eran las 7.00, ducha de rigor  y enseguida bajamos al hall del hotel para desayunar. El día anterior preguntamos por el desayuno en el hotel y nos comentaron que lo abrirían a partir de las 8.00, les comentamos que no podíamos desayunar tan tarde y conseguimos que nos esperaran, haciendo una excepción, a las 7.30. Así pues, puntuales con nuestra cita nos encontramos Fernando, Lourdes y yo. La gran sorpresa nos la llegó cuando solamente nos pusieron desayuno a Fernando y a mí, a pesar de que Lourdes también nos acompañaba. Reclamamos un café y nos contestaron que no era posible puesto que el buffet aun estaba cerrado. Un café no era tanto, así es que estupefactos Fernando y yo, y Lourdes con cara de pocos amigos por no haber podido disfrutar de un simple café, subimos a las habitaciones para ultimar los detalles.
                Puntuales, a las 8.00, llegaron Manuel Correa y Antonio Barea con otros amigos del club Gilete, con los que, entre risas y bromas, especialmente con el no café de Lourdes, nos dirigimos al Estadio, lugar de salida de la carrera.

                Una vez allí accedimos al interior del Estadio, y de nuevo llegó un nuevo gesto de discriminación para Lourdes: los corredores a los bajos del Estadio y los no corredores a la grada, por lo que nos despedimos en ese momento y ese mismo punto. Una vez dentro vamos al ropero para dejar la ropa de abrigo, y comenzaron a volar los minutos... Mientras disfrutábamos del ambiente en vísperas de la carrera, entre bromas, comentarios y sobre todo los nervios previos al inicio, sin apenas darnos cuenta nos encontrábamos en la pista de atletismo del Estadio Olímpico de Sevilla, y una llamada de Lourdes desde la grada nos dio la oportunidad de vernos una última vez antes de comenzar.... Apenas faltaban ya dos minutos para las 9.30, hora oficial para el inicio de la prueba.


                Con puntualidad inglesa en Sevilla dieron la salida a la 28 Maratón de la Ciudad de Sevilla, programamos nuestros relojes y comenzó nuestra particular aventura. La estrategia era clara, no había presión por acabar la prueba, pero la premisa era intentar hacer los primeros 32 Km entre 5'20'' y 5'30'', para después bajar el ritmo, si las fuerzas no nos respetaban y fuera necesario, pasando a 5'35'' o 5'40'' y acabar apretando los dientes en los últimos kilómetros. Ese era el plan, ya antes en dos entrenamientos habíamos cubierto la distancia de 32 Km, con un perfil de carrera mucho más exigente, a ritmo de 5'19'', por lo que no era ninguna locura, y la experiencia previa de Fernando —dos maratones— y la mía de Berlín, nos hacía conocedores de lo que nos esperaría al final. Pasamos por la línea de salida y sonaba la puesta en marcha de todos los relojes. Tras recorrer los primeros 100 m, a la salida del Estadio, justo en el pasadizo, se sentía el jolgorio y la alegría de todos los corredores donde, aprovechando el eco del pasillo, descargaban adrenalina a voz en grito... Una vez fuera había que encontrar la concentración, había que buscar el buen ambiente para las próximas cuatro horas, pero sobre todo, lo más importante, había que encontrar el ritmo adecuado. Transcurrido el primer kilómetro un terror escalofriante recorrió mi cuerpo al comprobar que el reloj marcaba 6'09'', casi un minuto por encima de lo previsto, pero había que mantener la calma, informé a Fernando del tiempo, pero restándole importancia, comenté: "Venga que el primer kilómetro no cuenta, que hemos parado mucho a la salida del túnel del Estadio"... pero en mis pensamientos rondaba la idea de que podría costar encontrar el ritmo que pretendíamos para los primeros 32 km. Iniciado el segundo kilómetro, donde yo ya estaba advertido de la monotonía del recorrido por la Isla de la Cartuja, ya adecentamos la marca con un 5'22'', lo que me tranquilizó al comprobar que ya estábamos rodando según lo previsto; encaramos el tercer kilómetro y clavamos un 5'16'', ya la cosa pintaba bien, porque estábamos en el ritmo de crucero, siempre vigilando con prudencia para no apretar más de lo debido de manera que posteriormente no hubiera que pagar los sobreesfuerzos de los inicios de la carrera, y poco a poco fuimos sumando kilómetros con una precisión pasmosa que me hacía sentir bien, con el ritmo de carrera controlado, y que me ayudaba a reafirmar en mi consciencia que ese podría ser el día de la gran carrera, el día en que lograra cumplir con el objetivo.


                Todos los que corren saben que no todos los días son iguales. Uno, después de muchos días de entrenamiento, se levanta una mañana con un gran objetivo para cumplir y sin la presión de la carrera, nota como sus sensaciones no son buenas, como es difícil mantener el ritmo al paso de los kilómetros, con un sentir de pesadez añadido como si los músculos no fueran capaces de soportar al cuerpo; siente como el cerebro no es capaz de enviar las órdenes oportunas en el tiempo debido y, poco a poco, lo único que es capaz de asimilar es que el entrenamiento de ese día es nefasto. Uno llega a casa, después de haber realizado un gran esfuerzo, con la única sensación de haber perdido un día. Con el paso del tiempo, cuando sufro uno de esos días, he preferido asimilarlo de otra manera: lo considero un día perdido, pero a la vez lo considero un día ganado, pienso que habiendo pasado por ese calvario en ese momento, claramente el próximo entrenamiento será infinitamente más productivo.... Lo peor de todo es cuando esa sensación se presenta un día de carrera... ahí no hay vuelta atrás y no queda otra opción que pasarlo de la mejor de las maneras. Así pues, uno ya sabe que no todos los días son iguales, y lo único que resta esperar es que el día del reto no toque uno de esos días desastrosos y nefastos que uno ya sólo desea para los días de entrenamiento. Afortunadamente esos días se reconocen pronto, normalmente a partir del tercer o cuarto kilómetro ya se manifiestan, y estaba claro que en Sevilla ese tipo de día no se había presentado.
                En el cuarto kilómetro, con la tranquilidad que comenzaba a asentarse en mi mente por estar cubriendo los objetivos del paso por kilómetro a los ritmos previstos y sentir que además el cuerpo respondía, era el momento de comenzar a disfrutar del entorno... varios comentarios de los corredores de los alrededores amenizaban los primeros compases de la prueba: "Oye no corras, que no hay prisa, yo llevo más de 6 horas de música en el ipod", decía uno, "¿De qué es la música? ¿de los cantajuegos o de esa de relajación para quedarse dormido?" le respondía el otro en tono de guasa,... cada chascarrillo tenía su oportuno comentario.
                Recorriendo el quinto kilómetro pasamos junto a la Bola Climática de la Expo 92. La verdad es que me llamó muchísimo la atención. Nunca antes la había visto al natural y tuve la misma sensación que uno tiene cuando se enfrenta a algún edificio o monumento que, cansado de verlo en libros, fotografías o televisión, pasa a hacerlo de manera presencial. Es esa sensación en la que uno se dice a sí mismo: "Ya estoy aquí, frente a ti".

                Los kilómetros van cayendo poco a poco, ya estamos casi de nuevo en las proximidades del Estadio y en ese momento le digo a Fernando: "Lourdes tiene que estar por aquí cerca. Seguro que ha salido del Estadio y está viendo pasar a todos los corredores". No me equivocaba, 200 ó 300 metros más adelante, la encontramos dando ánimos... Era la segunda vez que me acompañaba al Maratón y la experiencia de Berlín le hacía buena conocedora de sus "obligaciones" con los participantes. La verdad es que el transporte de la ciudad de Sevilla no favorecía que Lourdes se pudiera desplazar a ningún otro sitio más para volvernos a encontrar; los dos lo sabíamos, así es que sería la última vez que nos veríamos antes de finalizar la carrera.


                La mañana no había sido para nada fría, muy al contrario, se presumía que el calor apretaría cubierto el primer tercio de la prueba, sin embargo, a pesar de ello, las diferencias de temperatura de las calles con sombra a las calles soleadas era muy notable.  Pasado el kilómetro 10 cruzamos por primera vez el Guadalquivir en dirección al centro de la ciudad. Alrededor del kilómetro 15 uno de los espectadores que animaban desde los costados del recorrido comenzó a correr y a gritar: "¡Fernando, Alex!"... ¡qué curioso, entre tanta gente se fijaron en nosotros dos! Se trataba de Mario, el marido de Edurne, que nos animó durante unos instantes y nos mantuvo con una sonrisa en la cara durante un montón de kilómetros, porque en ese momento de improvisación y espontaneidad se palpó la emoción mutua de encontrarnos entre tanta gente. ¡Gracias Mario!
                Ya habían pasado tres controles de avituallamiento y yo huía de ellos por el temor de que se empaparan mis zapatillas con el agua, y sobre todo buscando hacer algo diferente a lo que hice en Berlín. En ninguno de los entrenamientos de 32 km había probado el agua y tan sólo los cubrí con un gel líquido para reponer energía que tomaba alrededor del kilómetro 17. Mi plan para la carrera, sin ser tan severo en relación al agua, pasaba por no abusar de los líquidos en los avituallamientos. Llegados al kilómetro 17 mis sensaciones eran tan buenas que decidí retrasar un tanto la ingesta del gel, aguantando hasta el kilómetro 19, casi al final de la Avda. de Kansas City, donde ya decidí tomarlo, especialmente por la proximidad del siguiente punto de avituallamiento que me daría posibilidad de tomar agua si es que no lograba asimilarlo bien. Era tan sólo una precaución, puesto que ya había probado antes esos geles y en las últimas ocasiones no me producían ninguna necesidad de tomar agua; tan sólo había que tomarlo despacio acompasándolo con la respiración y dejar que posteriormente hiciera su trabajo para reponer energía. Sin darnos cuenta, llegamos al punto intermedio de la carrera en 1h53' con unos pasos intermedios por kilómetros que oscilaban alrededor del 5'19'', tres segundos arriba, tres segundos abajo. El plan se estaba cumpliendo con precisión.
                Los siguientes hitos consistían en visitar los Estadios de fútbol de la ciudad hispalense: primero el campo del Sevilla, el Sánchez Pizjuan, luego el campo del Betis, el Benito Villamarín, donde cuando ya nos aproximábamos comenzamos a recordar a José Ángel de la Casa y su famoso gallo con el gol de Señor..., el 12 a 1 de España a Malta. Estábamos en el kilómetro 29.
                La carrera seguía avanzando y llegamos al kilómetro 30 cumpliendo con lo previsto para el ritmo de carrera, pero en ese kilómetro algo empieza a cambiar, Fernando comienza a tener alguna sensación rara que le hace preguntarme acerca del ritmo que estamos llevando, le parece que vamos muy rápido a pesar de que seguimos marcando el mismo ritmo. Al principio pienso que no sucede nada extraño, una simple circunstancia pasajera y así parece ser porque hasta el kilómetro 32 seguimos de igual manera. Ya habíamos logrado pasar el primer objetivo, pero durante ese kilómetro Fernando se empieza a desenganchar, al principio me resigno a mantener el ritmo, necesito llevarme a Fernando hacia adelante porque él me estaba ayudando a hacer la carrera cómoda; pero tras un par de intentos Fernando ya me informa de que no está bien, que no tiene buenas sensaciones, y que tire hacia adelante para lograr bajar de las 4 h. En ese momento no sé muy bien qué hacer, en una primera instancia le propongo bajar un poco la velocidad, ya que habíamos acumulado margen suficiente, pero Fernando sigue sin responder y el ritmo era insuficiente, por lo que él vuelve a insistir y siento que mi empuje para seguir con Fernando comienza a ser incómodo para ambos y que no ayuda a ninguno de los dos: decido intentar recuperar y ponerme de nuevo a 5'20'', pero está claro que el esfuerzo comenzaba a pasar factura y sólo soy capaz de ponerme a 5'30'' altos durante tres kilómetros más.
                Llego al kilómetro 36 y pienso en lo cómodo que hice los dos últimos entrenamientos de 8 km a 5'25'', pero claro, 8 km al volver del trabajo no son 8 kilómetros después de correr 36, y aunque lo importante era mantener a la cabeza pensando en positivo, los músculos notan ciertas diferencias. Mientras pensaba en el colchón del tiempo acumulado durante los primeros 32 kilómetros, mis cuádriceps volvían a amenazar, tal y como hicieron en Berlín, aunque afortunadamente, todo quedó en eso, una simple amenaza de contractura permanente.
                Los kilómetros hasta el final comienzan a transcurrir muy despacio; sufría esa sensación tan desmoralizante de "corro pero no avanzo", aunque la realidad es que ya no avanzaba rápido. Hasta el kilómetro 40 estuve corriendo en torno a 5'50'', pero ya quedaban poco más de dos kilómetros y las cuentas cuadraban fácil, siempre y cuando no se sucediera ninguna catástrofe que habría que evitar de cualquiera de las maneras. A falta de un kilómetro ya se veía el Estadio Olímpico, pero aun  quedaba bordearlo, por una calle que en un momento determinado se alejaba de la entrada, para luego girar y volver en su ansiada búsqueda. Finalmente llegué al pasadizo del Estadio, aquel donde al principio de la carrera todos los corredores demostraban su alegría y jolgorio descargando adrenalina a voz en grito... pero ya no había fuerzas para mucho más salvo el único deseo de llegar al kilómetro 42, localizado apenas unos metros más adelante, con el objetivo de poder recorrer los últimos 195 m de manera victoriosa disfrutando del reloj de meta, que ya no corría más rápido que yo hacia las cuatro horas. Finalmente llegué a meta.

                Cuando acabó la carrera volvimos al hotel para disfrutar de una merecida ducha. Posteriormente, Fernando y yo, nos reunimos con Mario, Edurne, Aitor y Lourdes cerca de la estación de Santa Justa. Se aproximaba la hora de volver a casa, merendamos en la estación, charlamos sobre deporte y amistad; llegaba el momento de la despedida. Terminaba un intenso y especial fin de semana que recordaremos mucho tiempo:
                Gracias a Mario, Edurne y Aitor por ser perfectos anfitriones, por cuidar de Lourdes y estar pendiente de ella, que a la vez lo estaba de Fernando y de mí.


                Gracias a Manolo Correa por atender a los deportistas foráneos en el previo, por empujar para que participáramos de la aventura; a Antonio  Barea por cuidar durante mucho tiempo de mis entrenamientos, por dar sabios y útiles consejos; y a los amigos del club Gilete por tratarnos con cariño y buen humor en los siempre difíciles momentos previos a la carrera donde los nervios y la tensión le rodean a uno.

                Gracias a Fernando Gómez, por correr para que no le olviden, y porque dio una lección de campeón. Venció una vez más al Maratón y demostró fuerza y honestidad para alcanzar el objetivo, para llegar a la meta.



Epílogo
                Al final 3 horas, 54 minutos y 7 segundos según mi reloj, 6 segundos según el cronometraje oficial, me bastaron para cubrir por segunda vez una Maratón. Había logrado el objetivo de bajar las cuatro horas. Era un objetivo deseado pero no ansiado; sabía que el esfuerzo de Berlín podría pasar factura en cualquier momento, pero, después de analizar y reflexionar pausadamente sobre la carrera, descubrí que Berlín, en lugar de pasar factura, se había convertido en una gran experiencia. Una experiencia que me hizo conocer las sensaciones que se podrían suceder a lo largo de la carrera, el bienestar durante los primeros 10 kilómetros, la euforia por en el paso por la media Maratón sin acusar el cansancio, el inicio de los problemas musculares a partir del kilómetro 28 y, posteriormente el mazazo psicológico por no poder cubrir los objetivos.... A fin de cuentas, Berlín se había convertido en una herramienta para lograr un objetivo a través de la experiencia.


miércoles, 2 de noviembre de 2011

Berlín 2011, la historia de un maratón


Con gesto serio, cansado, dolorido, crucé la línea de meta en Berlín el 25 de septiembre de 2011 y acabé mi primer maratón. Pero todo había empezado mucho antes.

Recuerdo que hace mucho tiempo sentí la admiración por una prueba de atletismo: la maratón. Por una parte no comprendía el sentido de una prueba en la que se corren tantos kilómetros y que en la mayoría de las ocasiones nos deja imágenes de deportistas completamente desencajados llegando a la línea de meta; pero por otra parte siempre tuve curiosidad por conocer las emociones que vivirían los corredores al llegar a meta. Cierto es que todo esto que relato sucedía hace ya unos cuantos años y que en realidad se trataba de unas sensaciones que tan sólo se acercaban a mí muy de vez en cuando.

Aunque en mi vida, y gracias a mis padres y mi familia, el deporte siempre ha formado parte de mi educación y lo he practicado en primera persona en muchas de sus modalidades, también es cierto que me alejé temporalmente de cualquier actividad física. Sin embargo, poco a poco, de nuevo fui recuperando la apetencia por la práctica del deporte, y de pronto un año sentí la llamada para correr una de las pruebas más conocidas dentro del circuito de las carreras populares: la "Sansilvestre Vallecana". Era el año 2006, y necesitaba cumplir con mi propio compromiso de correr aquella carrera de cualquiera de las maneras. Y eso hice. Sin dorsal y con el temor de ser expulsado, de ser descubierto como corredor furtivo aquel año, pero con la imparable decisión de saldar mi deuda, que sin duda es personal e intima, aunque seguro que la mayoría de quienes esto lean sepan a qué se debe, o mejor dicho a quién se debe.

(2007) Con mi tío Rodolfo en la previa a la Sansilvestre
Vallecana.

Esa primera carrera hizo aflorar en mi persona un sinfín de sensaciones imposibles de describir, y además me convirtió, sin que yo todavía lo supiera, en un nuevo individuo de esos que pertenecen al gran grupo de los "corredores populares". Así, a partir de aquel año, comencé a reservar la fecha del calendario para correr la "Sansilvestre", evento al que además, desde el año 2007, se sumó mi tío Rodolfo con algunos otros amigos, y que ha transformado mis costumbres del último día del año, instituyendo el gran plato de pasta para comer en casa de mi tío, con la previa de la carrera y la carrera en sí, disfrutando del ambiente y la propia fiesta que es la "Sansilvestre".

(2009) De izquierda a derecha: Juan Manuel, yo, mi tío
Rodolfo, Juan Ramón y Carlos en la previa a la Sansilvestre
Vallecana.
Al principio sólo corría ese día, prácticamente sin salir a entrenar las fechas previas y con la incertidumbre de cómo aguantar los 10 kilómetros de la carrera y sobre todo la famosa y temida cuesta de la Avenida de la Albufera; pero poco a poco, los siguientes años ya empezaba a entrenar tres o cuatro semanas antes, haciendo carrera continua uno o dos días por semana. Y así comenzó un particular reto personal por mejorar los tiempos para esa carrera.

(2009) Con Fernando Gómez en la previa a la
Sansilvestre Vallecana.
                Pero de repente, y tras comenzar a correr para la "Sansilvestre" del 2009, sentí que necesitaba introducir nuevos objetivos en lo que ya se estaba convirtiendo en una nueva afición. Así me inscribí en la "X Media Maratón de Madrid". ¡Qué nervios!, comenzaba a prepararme para correr una carrera de más de 10 kilómetros, y a pesar de todo, el pensamiento por correr una maratón todavía no había despertado de su letargo; porque el pensamiento estaba ahí, aunque aún no había vuelto a mi cabeza. Recuerdo como esos días previos a mi primera media maratón, que por cierto había pasado con mis habituales dolores de garganta, me hacían cavilar entre la imaginada emoción de llegar a la meta y la inquietante duda acerca de completar exitosamente el objetivo. Pero la carrera fue bien, y ya no era posible la marcha atrás, en mi propia consciencia ya me consideraba un "corredor popular".
(2010) Con Juan Manuel en la previa a la 
X Media Maratón de Madrid.

Me inscribí en más carreras de 10 kilómetros y empecé a leer las revistas especializadas que recibía con las inscripciones, me interesaba por la ropa de running e incluso adquirí el que, hasta hoy para mí, se ha convertido en mi inseparable Garmin 405, del que más tarde y con objeto del "Maratón de Berlín", aprendí a usar funcionalidades que no sabía ni que tenía.


            
(2010) Con Juan Manuel y Fernando Gómez después de correr la X Media
Maratón de Madrid.

Y seguía corriendo en más carreras populares y contando mis batallitas a mis amigos y compañeros de trabajo, que incluso se interesaban por lo que les contaba llegando a correr juntos algunas carreras.
(2010) De izquierda a derecha: Nacho, Silvia, Miguel, Eva, Mario (agachado
con Luna), Antonio, Goyo, Pancho y yo, en la previa a la Carrera de las
Empresas.

(2010) De izquierda a derecha: Fernando, Carlos, Juan Manuel,
mi tío Rodolfo, Juan Ramón y yo, en la previa a la Sansilvetre
Vallecana.
 Y poco a poco llegó de nuevo la nueva cita con la "Sansilvestre" del 2010, y se repetía el ritual de cada 31 de diciembre desde hacía ya cinco años. Y como siempre había un excelente ambiente. Y me encontraba bien. Y así comenzó la carrera en la que kilómetro tras kilómetro iba marcando buenos tiempos. Y al final logré, casi sin darme cuenta, mi mejor marca en esa distancia: 46'51''. Así es que esa noche, en la cena de Nochevieja del 31 de diciembre de 2010, eufórico por mi gran resultado, por fin me atreví y en presencia de toda mi familia le dije a mi tío: "Si me acompañas a Berlín, me apunto a la maratón".

Esa misma noche la decisión ya estaba tomada: Berlín era mi próximo objetivo.

(2010) Con Carlos y Juan Manuel, después de mis 46'51'' de
la Sansilvestre.
Fue transcurriendo el año y siguieron llegando las carreras. De nuevo la "Media Maratón de Madrid", que fue bastante importante porque, además de contar aquel día con la participación de mi compañero Antonio Reyes, también me acompañaron en la nueva aventura Manolo Correa y Antonio Barea, quien a la postre se convertiría en mi "personal trainer". Aquel día la carrera fue muy divertida. El recorrido, ya conocido para mí, me obligaba a recordar la, para todos los corredores de Madrid conocida, cuesta del Ángel Caído, a la entrada del Parque de El Retiro, pero la marca fue buena, rebajando en varios minutos las casi dos horas de la participación anterior. Así, y ya metido de lleno en el mundillo, con la decisión firme y comprometida de aquel día de Sansilvestre, finalmente me inscribí en el "Maratón de Berlín".

(2011) De izquierda a derecha: Manuel Correa, Antonio Barea,
Antonio Reyes y yo, en la previa a la XI Media Maratón
de Madrid. 
(2011) De izquierda a derecha: Manuel Correa, Antonio Reyes,
Antonio Barea y yo, en la previa a la XI Media Maratón
de Madrid. 
Y seguí corriendo carreras populares de 10 kilómetros, la "Proniño", "Norte vs. Sur", "Carrera del Retamar" de las Rozas, la "I Carrera Popular solidaria de Hortaleza Menudos Corazones" —que organiza quien se convirtió en mi cicerone maratoniano en Berlín, José Manuel—. Y avanzaba el año y pasó julio, y los pensamientos sobre la preparación de la maratón me comenzaban a angustiar, hacía calor y salía a correr, pero de manera desordenada, sin un claro objetivo de entrenamiento y aquí entró a jugar su papel mi amigo Antonio Barea, que, desde Sevilla, me preparó un plan de entrenamiento que yo me comprometí a cumplir a pies juntillas.

Y así empezó agosto, y aprendí el plan de entrenamiento de memoria: los martes tocaban series, los jueves 14 kilómetros en mi recorrido de Valdebebas - Parque Juan Carlos I - Hortaleza, los sábados la tirada larga y los domingos 10 kilómetros suaves.

Al principio fue duro. Nunca antes había hecho series para entrenar. Había leído que son muy importantes para conseguir velocidad y buen ritmo en carreras más largas, pero siempre pensé que se podían obviar. Sin embargo Antonio me dijo: "Programa tu reloj para hacer las series. Ocho o diez de 1 kilómetro a 5' con 3' de reposo", y así lo hice, porque no sabía hasta entonces que en mi muñeca había algo tan poderoso como mi Garmin 405; recuerdo que el primer día era toda una incógnita; pensaba que sufriría mucho, y no me equivoqué. En la sexta serie ya estaba reventado, pero había que hacer al menos ocho y yo tenía un compromiso.
(2011) Con Miguel Villafáfila y Antonio Reyes en la I Carrera
Popular solidaria de Hortaleza Menudos Corazones.

Los jueves llegaban los 14 kilómetros. La primera parte bastante sencilla, lo peor siempre era el calor, pero con el paso de los entrenamientos uno se iba acostumbrando, en el kilómetro 8 tocaba dar la vuelta, era la salida del Parque Juan Carlos I y gran parte del trayecto hasta ese punto tenía pendiente favorable, es decir, cuesta abajo; el cansancio aún no se hacía notar, pero comenzaba la segunda parte del recorrido con una primera cuesta larga y tendida, y el calor seguía haciendo su parte del trabajo para endurecer el entrenamiento; los jueves se convirtieron en un buen día para comenzar a probar los geles de alimentación que habría de llevar el día de la gran carrera. Entre el kilómetro 11 y el 13, al menos una cuesta de 1,8 kilómetros, en la que siempre pensaba: "Vamos allá que en Berlín el recorrido es llano, así es que si consigo pasar por aquí la carrera será un paseo". Buena forma de animarme, y es que los corredores sabemos lo importante que es, no sólo estar bien, sino también pensar que estás bien. Mi amigo Narciso me acompaño un jueves en este entrenamiento. Lo pasamos bien. Me acuerdo que en los primeros kilómetros no paraba de hablar y luego lo acusé, pero, como todas las demás sesiones, conseguimos acabar. A Narciso le gustó el recorrido y yo le agradecí su fidelidad continua. Narciso salía conmigo de juez de línea cuando yo arbitraba en 3ª División, era mi línea de confianza, y a pesar de todo lo que implicaba el arbitraje, lo pasábamos muy bien. Años más tarde Narciso es capaz de cogerse el coche y presentarse en mi casa para salir a correr una hora o una hora y media, pero sobre todo, para poner de manifiesto los valores de la lealtad.

Llegaban los entrenamientos de los sábados. Al principio me costaría madrugar para correr, pero en el primero de ellos mi vecino José Manuel me animó a acompañarle y quedamos a una hora que yo pensaba temprana: las ocho de la mañana. José Manuel me enseñó una ruta que nos llevaba hasta San Sebastián de los Reyes. "¡Qué locura!", pensaba yo en un primer momento cuando acto seguido volvía a decirme a mí mismo: "Esto no será nada para una maratón". José Manuel, ese día me habló de la posibilidad de un recorrido de 20 ó 22 kilómetros por el carril bici hasta la Casa de Campo de Madrid, volviendo luego en Metro, y como bien es cierto que ese circuito hasta San Sebastián de los Reyes es tan ameno como irregular y mi temor por recaer con una nueva torcedura de tobillo era muy alto, el siguiente sábado me decidí a probar esa ruta de Sanchinarro - Casa de Campo. Nada más terminar ese primer entrenamiento hasta la Casa de Campo quedó nominado para convertirse en mi ruta de los entrenamientos de los sábados.

(2011) Fernando tras uno de los entrenamientos
hasta la Casa de Campo.
Y pasaban las semanas y los entrenamientos iban haciendo sus efectos. Antonio Barea me hacía sabios comentarios en cuanto a los ritmos de entreno, y yo trataba de hacerle caso, pero siempre me disparaba, me sentía cómodo con los pasos que marcaba y poco a poco ya no costaba madrugar los sábados, si es que era para correr, y poco a poco iba asimilando las distancias y poco a poco asumía las dos horas de entrenamiento y poco a poco mi amigo Fernando, a quien a veces también llamo Gómez, se sumaba a la rutina de venir desde su casa en Rivas Vaciamadrid, después de madrugar, para compartir un entrenamiento matutino, soleado y sano desde Sanchinarro a la Casa de Campo, para retornar en Metro. Todos soleados, menos uno, y es que tengo pruebas.
(2011) Tras una de las tiradas largas hasta la
Casa de Campo preparando la Maratón
de Berlín.


En esos ratos de running, Fernando no para de hablar de deporte; le encanta el fútbol, el baloncesto, el atletismo,... conoce la historia del deporte, a sus protagonistas, sus anécdotas, sus historias.... de Cruyff, de  Gebrselassie, de Nadal, de Kilian (a quién él me ayudó a conocer)... Estoy seguro de que si le saco el tema del curling, es capaz de conocer algún deportista que lo practique e incluso de ilustrarme con alguna moraleja relacionada. Las historias que Fernando cuenta llenan a uno de energías y ganas por hacer deporte.

Y así fue pasando agosto y los inicios de septiembre. El ánimo cada vez más alto. La cercanía de la carrera me producía euforia y emoción, pero sobre todo me abría un interrogante: "¿Sería capaz de cumplir con el objetivo?".

Avanzaba septiembre y llegaron mis vacaciones. Yo creo que mis compañeros de trabajo ya me despedían aliviados de pensar que se liberaban de mis historias de entrenamiento por unos cuantos días, y es que tengo que reconocer que por seguro me llegué a convertir en un auténtico pelmazo para ellos; incluso para diseñar la camiseta que llevaría el día de la carrera.... Y es que todas esas experiencias las compartía con ellos. Comenzaban mis vacaciones y volvíamos a mi querida ciudad de Cracovia. Mi amigo Michael Nowotarski se casaba en Polonia y asistíamos a su boda; pero en Cracovia no sólo teníamos una boda, yo también tenía tres entrenamientos. Fueron tres entrenamientos fabulosos, tempranos para aprovechar bien los días y disfrutando de los lugares de esa ciudad que tanto me gusta. El sábado, día de la boda de Michael, tocaba la tirada larga; no había que abusar de la distancia, pero las sensaciones fueron tan buenas que en las dos horas de entrenamiento hice casi 23 kilómetros.
(2011) Entrenamiento en Cracovia por: Planty - Blonia - Starowolska - Cassino y Wawel Castel
el 17 de septiembre.

Volvíamos a España, quedaba menos de una semana para el 25 de septiembre, la cuenta atrás se aproximaba al final, apenas quedaban un par de jornadas de rodaje y llegaría el gran día. En Madrid cumplí con mi jornada de rodaje, carrera suave, pocos kilómetros, tratando de imaginar cómo sería la carrera; pero, ¿cuántas veces lo había pensado ya?, ¿cuántas veces me había ya visto pasar por la Puerta de Brandenburgo?, ¿cuántas veces ya me había emocionado en los entrenamientos pensando en cumplir mi sueño?.

Preparé el equipaje concienzudamente, repasé con Lourdes el plan de viaje, preparé los puntos de encuentro en los que trataríamos de vernos durante la carrera. Ya estaba todo listo: al día siguiente volaba a Berlín con mi tía Paloma, que viajaba más allá de la península por primera vez.

El viaje fue largo, salimos de Madrid tranquilamente por la mañana y teníamos escala en Bruselas. El tiempo de espera en Bruselas se hizo largo, pero había tiempo para descansar antes de la carrera. Todavía no afloraban los nervios de última hora. Llegamos a Berlín de noche, localizamos el hotel, nos acoplamos y aquella noche salimos a cenar cansados y nos fuimos a dormir.

El viernes teníamos que ver muchas cosas de Berlín, los restos del muro, Check Point Charlie, la Gendarmenmarkt, la Universidad Humboldt, pero sobre todo la Puerta de Brandenburgo, donde, cuando llegamos, ya le dije a mi tía: "Por aquí debajo pasaré el domingo". El ambiente en la ciudad era indudablemente maratoniano. Unos corriendo por la ciudad, otros con sus bolsas de la carrera después de recoger los dorsales... mi tía y yo sólo imaginábamos a gente que venía a la carrera en los desayunos del hotel.

El mismo viernes hice mi último entrenamiento. Un ratito de rodaje, desde el hotel en Alexanderplatz hasta la Puerta de Brandenburgo. En el corto trayecto de 5 kilómetros, todas las personas que me crucé corriendo hacían un gesto de saludo como diciendo: "Tú también vienes a la maratón ¿verdad?", que lógicamente era correspondido.

(2011) Con Martín Fiz y José Manuel Martín en la feria del
corredor del Maratón de Berlín.
El sábado quedé con mi vecino José Manuel para ir a la "Feria del Corredor" a recoger nuestros dorsales. La feria era en el antiguo aeropuerto de Tempelhof y resultaba impresionante la cantidad de gente que allí se dirigía, y eso que la feria duraba tres días. Una vez dentro, un montón de stands, con todo tipo de material, zapatillas, calcetines, sudaderas, camisetas. Allí tuvimos la suerte de encontrarnos con un Campeón del Mundo en la disciplina; Martin Fiz, que accedió con mucho gusto a hacerse una foto con nosotros y a intercambiar una serie de impresiones durante un rato. Agradecí sin duda eses momento, uno no siempre tiene la suerte de hablar con un Campeón del Mundo, y sobre todo de descubrir que es una persona de lo más accesible y amable. Nos contó que se veía bien para hacer una marca de dos horas y media, y al final me pude enterar de que se lesionó prácticamente nada más comenzar la carrera, pero sin embargo, en una pura demostración de pundonor, completó el recorrido en más de cuatro horas y media; aunque en realidad el tiempo que hizo, sin duda, es lo de menos, porque dio toda una lección de deportividad y humildad. Toda mi admiración.

Por fin llegamos a la recogida de la bolsa, perfectamente ordenada y con un sobre en el que venía el dorsal y otra bolsa para el ropero del domingo. En el sobre, además del dorsal, el justificante para retirar la camiseta conmemorativa de la maratón y es que claro, uno en el primer maratón que hace, contrata prácticamente todos los extras que la organización ofrece. Además, también se encontraba en la bolsa la agenda de la carrera con todo tipo de planos para la ubicación de los servicios y toda serie de indicaciones.

Bueno, tras pasar unas cuantas horas en la feria, decidimos salir de allí para encontrarnos con mi tía y Lourdes; el punto de reunión no podía ser otro que la Puerta de Brandenburgo, que se convirtió en el alma y corazón de esta experiencia inolvidable. Una vez todos juntos decidimos buscar un sitio para comer, cerca del Reichstag y junto al río Spree. Tras la comida nos separamos de José Manuel, que fue a conocer el centro de la ciudad mientras que nosotros nos dirigimos a visitar un importante lugar relacionado con la historia del deporte: el Estadio Olímpico de Berlín, donde se celebraron las Olimpiadas del año  1936, en las que Jesse Owens logró tres oros individuales y uno más en la prueba de relevos ante la mirada desencajada de Adolf Hitler, y donde también, unos cuantos años más tarde, Italia se proclamaba Campeona del Mundo de Fútbol ante Francia. Tras la visita, nos dirigimos al hotel e hicimos los primeros preparativos para la carrera del domingo. Quedamos de nuevo con  José Manuel para cenar en los alrededores del hotel. Tras la cena, volviendo al hotel, ya sólo se pensaba en la carrera y cerré los detalles con José Manuel: nos encontraríamos a la mañana siguiente en Alexanderplatz a las siete de la mañana para ir juntos a la carrera.

Llegó el domingo. Había que madrugar para hacer un buen desayuno. A las 5:45 sonó el despertador. De manera contraria a lo que pensé que sucedería, dormí bien, había descansado. A las 6:00 bajé a desayunar con Lourdes, quien pensaba encontrarse un comedor vació, aunque yo ya notaba mucho movimiento de ascensores en el hotel y al acceder al salón un montón de gente, vestida de la manera más variopinta, se encontraba desayunando y concentrándose para la maratón. Recuerdo a cada cual con sus propios rituales: un grupo de gente bromeando y riendo, otra persona sola y seria, como visualizando la carrera. Supongo que ellos también observarían a su alrededor y a buen seguro que a mí me encuadrarían en el grupo de los que por primera vez se enfrentan al reto. Tras el desayuno volvimos a la habitación, últimos preparativos, revisión con Lourdes de los lugares prefijados para vernos durante la carrera, comprobando la colocación el chip de cronometraje en la zapatilla, que los calcetines estaban perfectamente ajustados para evitar las temidas ampollas y bien abrigado salí al encuentro de José Manuel. Puntuales, con tiempo de sobra para llegar a la zona de salida, nos fuimos acercando poco a poco a los roperos.

Mientras tanto, de vez en cuando, alguien gritaba: "¡Show me your number!" y José Manuel, que ya es veterano en estas lides, me dijo: "Hay que hacerse todas las fotos, porque luego te cobran lo mismo por 4 que por 40", así es que a subirse la ropa de abrigo, abrir las cremalleras y a posar con el dorsal bien visible.
(2011) Con José Manuel Martín en la previa a la
Maratón de Berlín.

Con calma y tranquilidad dejé mi bolsa con ropa seca en el ropero pensando en que en unas horas volvería a recogerla después de cumplir con mi compromiso. Acompañé a José Manuel a su ropero y al rato nos separamos, cada uno a su cajón de salida.

El sol comenzaba a asomar brindando unos rayos de calor matutinos que cualquier buen alemán sabe apreciar; mientras tanto, deambulaba pensando en lo que quedaba por delante, poco tiempo había ya para pensar en todo lo anterior, y cuando lo pensaba era para hacer un repaso mental a toda velocidad que tratara de responder a la pregunta que rondaba por mi cabeza en ese momento: "¿Qué es lo que estoy haciendo aquí?".

Faltando poco tiempo para el inicio de la carrera la megafonía comenzó su actividad y música muy marchosa empezó a acompañar un calentamiento dirigido por un grupo de personas que se encontraban subidas a un escenario y que no tardaron en arrastrar alegremente  a la ya importante cantidad de gente que se iba aproximando a la salida. Saltos, estiramientos y palmas fueron animando el ambiente hasta minutos antes de que se iniciara la carrera, y cuando uno ya prácticamente no se había dado cuenta de que restaban pocos minutos para comenzar a correr, miré a mi alrededor y sólo veía gente y más gente dispuesta a enfrentarse a sus propios retos; de Dinamarca, México, Venezuela, Italia, Rusia, Colombia, corredores de 122 países participaban ese día.

(2011) Recorrido Maratón de Berlín.
Así se dio la salida a los profesionales. La suelta al cielo de una gran cantidad de globos acompaño el pistoletazo y ya todo el mundo estaba dispuesto. Tras dos oleadas más de salidas, llegaba el turno de mi cajón: "¡Vamos allá!" me dije y comencé a correr. Miraba a todos los lados para no perder detalle de todo lo que sucedía; quería disfrutar de cada instante y aprovechar al máximo la vivencia de esa nueva aventura. Rápidamente llegué al kilómetro 1 y bajaba de 5'40'', me encontraba bien en ese ritmo y poco a poco comenzaron a caer los kilómetros. Al principio había gente muy dispersa en el recorrido, pero rápidamente se sentía como más y más gente comenzaba a animar a los corredores. Mucha gente con campanas, carracas, pucheros y cualquier artilugio para hacerse notar y hacer ruido con el fin de alentar a los participantes; y enseguida se comenzaron a ver familias con sus niños, que ponían sus manos en disposición para ser chocadas como premio para los corredores. Muchas manos choqué ese día, sintiendo la alegría de los niños y recibiendo a cambio su ánimo en forma de sonrisas y gritos de ánimo. A partir del kilómetro 5 ó 6 empezó a sonar la música. Según iba transcurriendo el camino todo se iba juntando, los niños, los padres, la música de los grupos en la calle, un gran día soleado, gritos de ánimo, en definitiva un ambiente de fiesta que perduró hasta el final del recorrido, durante más de 42 kilómetros.

(2011) Durante el transcurso de la Maratón
de Berlín.
Llegué al primer punto de encuentro con mi tía Paloma y Lourdes. Era el kilómetro 11 y estaba haciendo los tiempos previstos. Nos vimos sin problemas, con toda facilidad gracias al plan bien previsto, y eso que Lourdes siempre se mostró pesimista en lo que se refiere a encontrarnos en la carrera entre tanta gente. Disfrutaba de la fiesta a la que me había sumado. Era momento de vivir al máximo cada instante. Así pensé: "Vamos a por el segundo tramo, nos vemos en el kilómetro 22 después de pasar la media maratón". Pero en el kilómetro 16 comencé a sufrir una molestia en un dedo del pie, la uña me estaba haciendo polvo. Pensé en que no debería obsesionarme con esa molestia porque sería peor, pero también me decía a mí mismo: "Ya es mala suerte que me tenga que estar pasando esto precisamente hoy". Pronto cambió la molestia del dedo por un leve malestar muscular, pero había que seguir. Los kilómetros seguían cayendo, llegaba el segundo punto de encuentro y, a pesar de todo, se estaba cumpliendo el plan previsto, durante muchos días había entrenado en esas distancias y sabía que podía aguantar con relativa tranquilidad. Sin embargo, recuerdo que llegó el kilómetro 25 y los tiempos parciales del paso por kilómetro cada vez eran más y más lentos. Estaba haciendo tiempos por encima de 6', pero tenía que acercarme al kilómetro 30. Llegando ahí, las leves molestias musculares comenzaban a agravarse y cambiaban de una pierna a otra, pero sobre todo acusaba los calambres que estaba sufriendo en el cuádriceps  de mi pierna derecha. De todas maneras había que continuar, uno no podía ir allí para abandonar a esas alturas por molestias musculares, y así, con mucho esfuerzo, llegué al tercer punto de encuentro con mi tía y Lourdes, que hay que decir, en honor a la verdad, que también se dieron una buena paliza yendo en metro de un sitio a otro, con sus transbordos y todo, para poder tomar una breve instantánea de mi pretendido paso fugaz por su lado. El tercer punto de encuentro en Kurfürstenstrasse fue el más emotivo, era el kilómetro 35 y apenas restaban algo más de 7 para terminar. Una vez allí ya todos sabíamos que llegaría al final. Pero no fue del todo fácil, el cansancio hacía mella y con todo el calor que hacía deseaba llegar hasta el siguiente punto de avituallamiento para poder beber agua y tomar nuevas fuerzas. Pasando por la Postdamer Platz uno de los voluntarios que seguro no me vio muy buena cara, abandonó durante unos cuantos metros su posición para decirme: "¡Come on Alejandro, there are only three kilometers to finish!", y agradecí ese aliento de ánimo como había agradecido todos los anteriores desde el primer metro; pero ese en particular me llevó hasta la Gendarmenmarkt y yo ya sabía que tan sólo quedaban tres giros: izquierda, derecha, izquierda y al fondo aparecería la que se convirtió en el centro neurálgico de la aventura, la Puerta de Brandenburgo.

(2011) Tras cruzar la Puerta de Brandenburgo en la Maratón de Berlín.

En Unter den Linden ya no se podía parar, poco más de 1 kilómetro y se alcanzaría el objetivo, pero había que cruzar la Puerta de Brandenburgo: "¿Por dónde paso?" , me pregunté. "Vaya pregunta más absurda", me dije en el momento siguiente cayendo en la cuenta de que después de todo lo que había hecho ya no quedaba alternativa diferente a la de cruzar por el paso central, orgulloso de saber que cumpliría con mi compromiso; ese compromiso que había contraído conmigo mismo mucho tiempo atrás y que me había llevado hasta allí.
(2011) Tras finalizar la Maratón de Berlín [4h26'57''].
No había tiempo para más: 42 kilómetros y 195 metros; muchas horas de entrenamiento, muchos gestos que agradecer y mucha gente a la que dedicar ese momento. Contento, eufórico, satisfecho, orgulloso. Con gesto serio, cansado, dolorido, crucé la línea de meta en Berlín el 25 de septiembre de 2011 y acabé mi primer maratón.